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  • Ciento ochenta y ocho nepalíes murieron el año pasado en Qatar mientras trabajaban en las obras del mundial de fútbol de 2022. Tal y como denuncia el rotativo británico The Guardian, estas cifras no incluyen los muertos procedentes de India, Bangladesh y Sri Lanka. De contabilizarse los migrantes originarios de esos tres países, el ratio de fallecidos sería superior a uno por día.





    Texto por ALIEN KARMA 
    | Fotografía por Ferran Barber Diario Público.
    El Gobierno de Qatar se comprometió el pasado año a modificar las controvertidas leyes laborales que regulan las condiciones de trabajo de los inmigrantes en respuesta al aluvión de críticas internacionales originado por un informe de Amnistía Internacional (AI). La reforma que planteaban consistía en reemplazar los elementos “clave” del sistema de contratación kafala, una normativa laboral que ata al empleado y su patrón bajo un régimen de semiesclavitud y que permite maltratar a los trabajadores con total impunidad.

    “Vamos a abolir el sistema kafala y lo vamos a reemplazar por una relación contractual entre el empleado y el empleador. Nuestra intención es eliminar también completamente los visados de salida”, aseguraba el pasado año un responsable del Ministerio qatarí de Interior.

    De acuerdo a la nueva legislación legal que pretendían aprobar, los empresarios deberían presentar pruebas concluyentes de las objeciones que planteen para que uno de sus trabajadores abandone el país. Las disputas que eventualmente puedan originarse deberían ser resueltas en un plazo no superior a tres días.

    Otros cambios posibles que incluía el borrador era la concesión de prestaciones sociales para los contratados y la imposición de sanciones a las compañías que incumplan sus obligaciones. ¿Se aprobaron finalmente las reformas? Los observadores internacionales plantearon ya en su día serias dudas acerca de la utilidad de estas medidas, dado que consideraban improbable que se implementeran estricta y rigurosamente. En la práctica, las condiciones de trabajo de los inmigrantes siguen siendo deplorables.


    Así, por ejemplo, The Guardian ha revelado que los trabajadores extranjeros continúan muriendo por centenares. De acuerdo a ese diario británico, la Oficina nepalí para la promoción del empleo cifra en 157 los muertos procedentes de su país. De ellos, sesenta y siete fallecieron a causa de un ataque cardiaco provocado por las altas temperaturas y treinta y cuatro, por accidentes de trabajo. The Guardian, sin embargo, cree que el número total de nepalíes fallecidos se eleva a 188, algo más de los que murieron el año precedente.

    Según DLA Piper, una empresa londinense contratada para auditar la situación laboral de los trabajadores extranjeros, el Gobierno de Qatar debería investigar si las muertes producidas por los golpes de calor guardan alguna relación con las condiciones extremas en las que los migrantes realizan su trabajo. A su juicio, existen indicios que sugieren que así viene sucediendo.

    Qatar tiene una comunidad de expatriados de 1,39 millones de personas, la cual constituye más del 85 por ciento de la población total. No hay otro país en el planeta con una proporción tan elevada de inmigrantes. De entre esos extranjeros, la comunidad más numerosa es la india, con medio millón de personas. Existen también grandes contingentes de trabajadores procedentes de Pakistán, Nepal, Bangladesh y las Filipinas.

    Oficialmente, Qatar no es solamente el país más rico del mundo. También es el estado más dependiente de la mano de obra foránea. Veinte emigrantes llegan cada hora a este pequeño territorio para pasar a formar parte de su maltratada fuerza laboral. Esta gran comunidad de expatriados procedentes de paupérrimos países asiáticos es uno de los elementos más desestabilizadores de la sociedad del emirato.

    Tal y como denunciaba el mencionado informe de Amnistía Internacional ('La cara oscura de la migración: El sector de la construcción en Qatar de cara al Mundial de Fútbol'), la mayor parte de estos extranjeros vive en condiciones de semiesclavitud. Trabajan siete días a la semana, durante jornadas interminables y a temperaturas que frisan los cincuenta grados. La lista de las injusticias que padecen es casi inagotable: duermen en barracones; carecen a menudo de comida y son privados con frecuencia incluso del salario. Ni siquiera tienen derecho a abandonar el país cuando lo desean porque a todos los efectos, no son dueños de sus vidas.

    El sistema que legitima estas prácticas lleva por nombre kafala. Con arreglo a esa normativa, cada trabajador tiene un patrón –persona o empresa- que dispone de él como de una posesión. Así, por ejemplo, es responsabilidad del patrón tramitar el permiso de residencia y la tarjeta de salud de los trabajadores, lo que deja enteramente al inmigrante en manos de sus empleadores.

    Ni existen cauces legales para que los trabajadores denuncien los excesos de los que son víctima ni se producen inspecciones. Menos aún existen sindicatos que velen por las condiciones de trabajo. Numerosas subcontratas de multinacionales occidentales están contribuyendo a perpetuar estos abusos. Amnistía Internacional documentó en su informe diferentes denuncias de los trabajadores de PCSI Specialties Qatar, una empresa que trabaja con Hyundai o con la constructora española OHL.

    Tan cierto es que Qatar trabaja ahora a marchas forzadas en la construcción de los proyectos urbanísticos vinculados al Mundial de Fútbol, como que el problema de la esclavitud es anterior a ese evento deportivo y común a otros países del mismo entorno geopolítico. Muchas de las obras en las que se han detectado abusos se pusieron en marcha antes de que se concediera a este país la organización del Mundial.

    Por otro lado, la explotación laboral no afecta únicamente al sector de la construcción. La situación aún es peor cuando se analizan las condiciones en las que desarrollan su trabajo los empleados domésticos, un sector que ocupa en el país a 130.000 personas, en su mayoría filipinas.

    © ALIEN KARMA | Todos los derechos reservados.
  • El departamento para la Protección de Fronteras de los Estados Unidos (CBP, de acuerdo a sus siglas inglesas) lleva cerca de diez años financiando corridos subliminales para asustar a los migrantes centroamericanos y persuadirles de que no crucen la frontera. Las canciones son emitidas desde mediados de la década pasada por varias cadenas de radio de países como México, Honduras, Guatemala y El Salvador sin informar a la audiencia de quién está detrás ni cuáles son los fines para las que fueron compuestas.



    El último éxito patrocinado por Estados Unidos está dedicado a 'la Bestia' o 'tren de la muerte'.

    Texto por Ferran Barber| ALIEN KARMA | Diario Público.
    El nuevo género musical es conocido como ‘migracorridos’ y viene a ser una variante de los ‘narcocorridos’ consagrada, en este caso, a glosar los peligros del camino hacia el exilio."Amenazadora serpiente. De acero son sus escamas; también de acero es su vientre. ‘La bestia del sur’ le llaman al maldito tren de la muerte, con el diablo en la caldera grita, ruge y se retuerce", reza la letra de uno de los últimos éxitos compuestos para el Gobierno norteamericano por el letrista mexicano Roberto Hernández y el compositor Carlo Nicolau. En la voz de Eddie Ganz, esta canción de tres minutos y medio ha devenido lo suficientemente popular como para que los propios migrantes llamen para pedirla a las 21 emisoras a las que Estados Unidos ha contratado su emisión. 

    Tal y como su letra sugiere, el tema evoca los peligros del llamado ‘tren de la muerte’, designación genérica de una red mexicana de ferrocarriles utilizada anualmente por medio millón de centroamericanos para alcanzar con rapidez las fronteras de los Estados Unidos. Los trenes de esta red son populares por su extrema peligrosidad. No es de extrañar que los migrantes reconozcan su dolor y sus experiencias en las letras de estas canciones.

    Se ignora a ciencia cierta la efectividad que estas campañas han tenido, aunque el departamento para la Protección de Fronteras las considera útiles. La prueba es que lleva varios años colocando cedés en el mercado sin informar a los migrantes acerca de quién está detrás. El primero –‘No más cruces, 2004’- contenía cinco canciones y formaba parte de una campaña de anuncios radiofónicos y televisivos diseñada con idéntica finalidad: poner freno a la avalancha humana de parias que llega a los Estados Unidos desde el sur advirtiéndoles de lo que les aguarda en el desierto de Sonora.

    Las canciones de esta primera campaña fueron emitidas por cadenas radiofónicas de los estados mexicanos de donde salen el grueso de los migrantes. Rotaban machaconamente de acuerdo a la programación de las emisoras sin ningún tipo de alusión al patrocinador que las puso en la parrilla. En muchos casos, ni siquiera el personal de las radios sabía que estaban llevando hasta la gente canciones financiadas por la “migra”. Cuando las sospechas se extendieron, el resquemor cundió. Era como si la patrulla fronteriza de los Estados Unidos hubiera metido las narices en su propio país.

    De lo que ni siquiera sus compositores dudan es de que el éxito que eventualmente puedan tener a la hora de disuadir a los parias de que realicen el viaje depende, justamente, de la forma artera y sibilina con la que Estados Unidos trata de llegar hasta su audiencia. Es decir, si las canciones son populares entre los migrantes es porque ignoran quiénes las pagan y por qué suenan en las emisoras. 

    El ‘juego sucio’ de la CBP viene siendo denunciado por medios de comunicación estadounidenses y mexicanos desde 2008, pero eso no ha impedido que sigan incluyendo en las campañas más canciones y que sigan financiando su emisión sin desvelar quién las factura. El departamento para la Vigilancia de Fronteras se defiende aduciendo que se trata de acciones con un transfondo ‘humanitario’. Según dice, tanto la publicidad legítima como las canciones fueron concebidas para alertar a los migrantes de los peligros que hallarán en su viaje y los riesgos que corren quienes se aventurar a migrar ‘ilegalmente’. 

    “Y en unos cuantos billetes, resumí toda mi vida. Compartí mis penas con unos cuarenta ilegales. A mi nunca me dijeron que eso era un viaje al infierno”, dice la letra de otro de los migracorridos ‘made in USA’. Las letras de las canciones han sido compuestas con inteligencia para que no pierdan su pegada. Ni hay regañinas moralizantes, ni héroes y villanos, sólo una descripción más o menos atinada del horror que entraña este periplo, con alusiones a la Mara Salvatrucha, las extorsiones, los robos y los coyotes. 

    En ningún caso se hace referencia a cómo esos peligros reales se han visto exacerbados por las propias patrullas fronterizas y por las políticas migratorias de los Estados Unidos. Ninguna habla tampoco de rancheros ‘gringos’ analfabetos patrullando la frontera en somatén.

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    Ferran Barber| ALIEN KARMA | Diario Público.
  • Los británicos acusan a los galos de no hacer bien su trabajo y los franceses culpan a Inglaterra de propiciar la llegada masiva de extranjeros mediante “políticas de incentivos” que alientan la emigración. Entre tanto, más de un millar de migrantes africanos y asiáticos resisten en las “junglas” de Calais los ataques de la policía francesa. Las ONG de la ciudad portuaria califican de atroces las actuaciones de la Gendarmería. A todos los efectos, esta localidad francesa se ha convertido en una de las puertas más blindadas y violentamente custodiadas de la "fortaleza Europa".


    Reportaje por Ferran Barber | Calais | Público / Alien Karma
    Por “jungla” se tenía en el argot colonial las zonas irredentas donde los rebeldes se hacían fuertes para combatir hasta la muerte a la metrópolis. En Calais (Francia), se mantiene el concepto y el espíritu de aquella lucha desigual e injusta, aunque ahora la “resistencia” se hace fuerte en casas ocupadas y campamentos misérrimos, no muy diferentes de los “bidonvilles” de donde proceden los desesperados. Aguardan, como en Ceuta y en Melilla, el momento propicio para colarse en un ferry o entre los hierros de algún tráiler que les permita cruzar el canal de la Mancha y alcanzar Inglaterra.

    El teniente de alcalde de Calais, Philippe Mignonet, dice que ya son alrededor de 1.300 los extranjeros que viven como squatters en edificios de la ciudad y en campamentos próximos al puerto. Buena parte de ellos han llegado recientemente del África oriental. El político francés califica la situación de insostenible y amenaza a los británicos con pagarles el barco a los migrantes y enviárselos por mar hasta Inglaterra. Las bravuconadas y los cruces de palabras entre galos e ingleses son moneda común desde hace lustros, claro que durante las últimas semanas se han hecho más frecuentes como consecuencia del aumento del flujo migratorio y de un episodio singular acaecido el pasado 25 de julio.

    Ocurrió a las dos y veinte de la madrugada durante un control rutinario de un ferry de la compañía P&O procedente de Dover (Inglaterra). Siguiendo el protocolo, los gendarmes inspeccionaron un camión que desembarcaba en Calais tras cruzar el canal en el Espíritu de Francia. Y para su sorpresa, hallaron a 28 polizones procedentes de Bangladesh, Paquistán, Afganistán y Sri Lanka. Lo insólito de este suceso es que era la primera vez en que un grupo tan numeroso de migrantes trataba de ganar Francia desde Inglaterra realizando el camino inverso al del grueso de expatriados. No se hubiera sorprendido menos la policía marroquí si hubiera interceptado a cuarenta nigerianos intentando alcanzar Tánger en patera desde Huelva.

    Pese a que los detenidos ya habían puesto los dos pies sobre el suelo galo, fueron devueltos al Reino Unido a las siete menos veinte de la tarde de ese mismo día, en virtud de un acuerdo suscrito en 2003 que autoriza a Inglaterra a desplazar su frontera hasta Calais. A juzgar por los malentendidos y las reacciones airadas que produjo este suceso, ni la propia opinión pública británica es consciente de que sus fronteras fueron trasladadas hasta Francia hace once años, como parte del convenio mediante el que se clausuró el campo de refugiados Sangatte. Muchos británicos todavía ignoran que la doctrina que se sigue en la frontera anglo-francesa es justamente la contraria de la que se aplica en otros países europeos: los migrantes detenidos son devueltos sistemáticamente al país del que salieron.

    Este mismo convenio permite a la policía británica registrar a los viajeros y solicitar sus pasaportes en suelo francés. Es también responsabilidad de Gran Bretaña -excluida del territorio Schengen-, realizar las patrullas de vigilancia marítima en el canal de la Mancha. Durante las últimas semanas, se ha sabido que Londres ha gastado tres millones de libras en tecnología para escanear los camiones donde los migrantes tratan de ocultarse y otras 400.000 libras más, en cámaras de detección térmica que han emplazado en los aledaños de Calais y en la terminal de acceso al túnel del canal de la Mancha situada en Coquelles. La Marina británica dispone también de sofisticados medios de vigilancia marítima para interceptar las embarcaciones de africanos y asiáticos que tratan de cruzar el Canal.

    En los días despejados, puede verse sin problemas los acantilados de Dover desde el puerto de Calais. Esta ciudad francesa de 75.000 habitantes es la más próxima a Inglaterra, de la que tan sólo la separa una estrecha franja marítima de 34 kilómetros.

    “Estamos sufriendo mucho por culpa de ese convenio bilateral”, asegura el teniente de alcalde y máximo responsable del área de migración de Calais. “Esto no es un país, sino una ciudad. Hay que renegociar ese acuerdo y llevarse de vuelta a Dover la frontera británica. Quizá de ese modo David Cameron se dé cuenta de que las cosas no son tan fáciles”, añade Mignonet. Este político concurrió a las elecciones dentro de las listas de una formación de derechas conocida como la Unión para un Movimiento Popular (UMP), aunque el discurso que mantiene es frecuentemente suscrito por el Frente Nacional de Le Pen y por los propios ultranacionalistas británicos.

    Tanto Mignonet como Natacha Bouchart, la alcaldesa de Calais, se han dirigido reiteradamente por carta al Primer Ministro británico para que presione a Bruselas y busque soluciones. Según el prefecto de Pas de Calais, Denis Robin, “la presión migratoria en el puerto se ha incrementado un cincuenta por ciento en lo que va de año, lo que a su vez ha aumentado también la violencia y los enfrentamientos entre los extranjeros”. Hace un par de semanas, dieciséis migrantes resultaron heridos durante una batalla campal entre grupos rivales de expatriados. Los solicitantes de asilo se enfrentaron con barras de hierro con la esperanza de ganar el acceso a los camiones que guardaban cola para acceder a un ferry. Al decir de Veronique Devise, empleada de la organización Secours Catolique, los ánimos están tan caldeados que la gente ya no duda en servirse de la fuerza para ganarse un sitio en un camión o un buque.

    Incluso el propio Mignonet admite que no es posible poner fin al problema desalojando los campos o incrementando el número de agentes antidisturbios. “Desmantelamos una jungla el mes pasado y a los pocos días habían vuelto ya a Calais todos los migrantes”, asegura. Y en efecto, así viene sucediendo. Tanto la llamada jungla hazara como la casa de Palestina o la jungla afgana han sobrevivido durante años a los ataques policiales, en diferentes lugares y bajo diferentes circunstancias. La voluntad de los migrantes de cruzar el Canal resulta tan inquebrantable como consistente es su pobreza.

    Mignonet es ya bien conocido en la Prensa británica y francesa por sus diatribas antiemigración. En noviembre del pasado año, numerosos medios de comunicación se hicieron eco de unas declaraciones en las que culpaba al Reino Unido del embudo migratorio de Calais. “Tenemos que vérnoslas con hordas de todo el mundo por culpa de una política británica grotesca, cuando no hipócrita. Dicen que no quieren inmigrantes, pero luego no ponen freno a la economía sumergida gracias a la que viven todos estos ilegales. Los refugiados sirios que entraron en Europa huyendo de la guerra civil tenían en su mayoría un único objetivo: alcanzar Inglaterra. Y si se piensa es lógico porque el Reino Unido es visto como un paraíso”, afirmaba el teniente de alcalde de Calais a las puertas de la pasada Navidad, para regocijo de todos los ultranacionalistas británicos. El propio Nigel Farage, líder de Ukip, aplaudió públicamente las afirmaciones de Mignonet y añadió su propia leña al fuego: “Existen cifras vergonzosas que respaldan esas declaraciones. Tan sólo un seis por ciento de los soplos sobre inmigración ilegal en el Reino Unido son investigados. Y menos de uno de cada sesenta casos acaba en deportación”.

    Las autoridades galas sostienen que buena parte de los 61.510 emigrantes que han entrado en Europa a través de Italia a lo largo de los seis primeros meses de este año se dirigen a Calais con la esperanza de alcanzar el Reino Unido. En ese mismo periodo, la policía francesa abortó 5.235 intentos de colarse en Francia a través de Italia. No se recordaba nada parecido desde la primavera árabe (2010). Muchos de ellos fueron devueltos a Roma. Otros se quedaron en Francia, desde donde viajaron en tren hasta Calais. Francia se ha convertido en un país de tránsito.

    Lo que no menciona Mignonet ni la alcaldesa de Calais son las deplorables condiciones en las que viven los migrantes, mientras aguardan su oportunidad de dar el salto. Muchos de esos vietnamitas, somalíes, eritreos, etíopes, iraquíes, kurdos y palestinos sobreviven en condiciones infrahumanas, probablemente peores que las que arrostraban en los lugares de donde partieron. Carecen de acceso al agua potable, y a menudo no tienen más refugio que viejas tiendas de campaña o barracas de plásticos. Ciertas organizaciones como No Borders tratan de aliviar su sufrimiento distribuyendo ropa, comidas y materiales sanitarios, mientras se suceden las protestas contra el trato brutal y las coacciones de las que son víctimas los expatriados.

    A principios de julio, más de seiscientas personas fueron atacadas con aerosoles de pimienta durante una operación coordinada de la policía francesa de fronteras y la Gendarmería. Durante el ataque sorpresa, se desalojaron varios pequeños campos de refugiados y se detuvieron violentamente a cientos de ellos con la bendición de la alcaldesa y de Mignonet. “Si esto sigue así”, dijo este último, “habrá entre dos y cinco mil emigrantes para final de año. Entran por Lampedusa y salen por Calais. Muchos de ellos se han quedado aquí atrapados porque carecen de las 300 o 400 libras que los traficantes les cobran por introducirlos en un ferry o un camión. Y los anarquistas de grupos como No Borders aún empeoran más las cosas”.

    El pasado mes de mayo, un grupo de migrantes se declaró en huelga de hambre tras el desmantelamiento de varios campos más. Cientos de ellos se habían visto obligados a dormir a la intemperie durante el invierno precedente debido a los desalojos. Una de las nuevas tácticas usadas por la policía gala consiste en despejar previamente las zonas donde actúan de esos incómodos testigos “anarquistas”. Por decenas se cuentan las cámaras de vídeo y de fotografía que la policía ha destruido para no dejar huellas gráficas de sus razzias violentas. A juicio de Mignonet, los "radicales" torpedean las actividades policiales.

    Calais se ha convertido en el lugar de residencia de decenas de activistas británicos, belgas, holandeses, alemanes e italianos. Coordinados a través de organizaciones como Calais Migrant Solidarity, estos voluntarios colaboran con los solicitantes de asilo en la monitorización de la actividad policial, proporcionan apoyo emocional, y distribuyen tarjetas SIM y otros pertrechos entre las víctimas de la Fortaleza Europa. “No nos iremos de aquí hasta que nos den una solución digna”, aseguraba recientemente un colectivo de migrantes mediante un comunicado. “Queremos que cese la violencia sádica que ejercen contra nosotros y que se tenga en cuenta qué nos trajo hasta aquí. Dejamos nuestros países por culpa de la injusticia, la guerra, la pobreza o las persecuciones de todo tipo. Sólo reclamamos protección, como los seres humanos que somos”.

    © Ferran Barber | Público / Alien Karma | Todos los derechos reservados
  • Mientras los conservadores europeos tratan de prohibir el uso del hiyab y/o el burka en todo el continente, las propias musulmanas se enfrentan en las redes a propósito de la conveniencia de su uso. La guerra dialéctica que sostienen es encarnizada. Entre las más abiertamente hostiles a cubrirse la cabeza se hallan las secciones árabes de Femen. Por si a alguien le quedaba alguna duda acerca de la aversión que el islamismo les produce, la feminista egipcia Aliaa Magda Elmahdi volvió a cubrir de heces y sangre menstrual las banderas de ISIS el sábado pasado. Eso sí, esta vez fue con Photoshop.





    Texto por Ferran Barber| ALIEN KARMA | Diario Público.
    La feminista egipcia Aliaa Mahda Elmahdi volvió a menstruar y a defecar este fin de semana sobre la bandera del Estado Islámico. El "post" incluía una variante en sepia de la fotografía que publicó en agosto (imagen superior derecha) más un montaje en Photoshop con la bandera de ISIS manchada de excremento y sangre menstrual. La fotografía de la izquierda es la nueva imagen del perfil de Femen Irak.

    Elmahdi se hizo mundialmente famosa a raíz de una acción llevada a cabo en Estocolmo (2012) junto a otras activistas de Femen. En aquella ocasión, posó desnuda con el siguiente texto dibujado sobre su cuerpo: "La Sharia no es una constitución". Desde que Femen le declaró la guerra al "fascismo islámico", viene poniendo en entredicho la supuesta compatibilidad de la Ley Islámica con la igualdad de género, los derechos humanos y la democracia. Femen aboga también por la secularización de los Estados con población mayoritariamente musulmana. Dentro del entorno árabe, Túnez es el único país que no confiere papel alguno a la Sharia dentro de su ordenamiento jurídico, ni siquiera como fuente inspiradora de sus principios rectores básicos.


    Estas acciones llevadas a cabo por las feministas árabes tras el arresto de la tunecina Amina Sboui han sido inmediatamente respondidas por otros colectivos de musulmanas, a través de las redes sociales. “Ni desnudarme me libera ni necesito ser salvada”, puede leerse en la fotografía de portada de uno de los grupos de Facebook más populares entre las partidarias de cubrirse el cabello (Muslim Women Against Femen). Las 16.000 simpatizantes que esta página de Facebook ha logrado reunir hasta la fecha están esencialmente conectadas por una convicción: “Cubrirse el cabello es ‘cool’. Simpatizar con Femen es darle la espalda al Islam y 'comulgar' con las ruedas occidentales de molino”.

    Estas defensoras del hiyab están mucho más lejos de la capitana Marvel que de Burka Avenger, una curiosa heroína de ficción paquistaní que se oculta bajo un burka por la noche para defender el derecho a la educación de las mujeres.

    ¿Quiénes se hallan detrás del grupo contrario a Femen y de otras páginas similares? La activista ucraniana Inna Shevchenko no alberga duda alguna de que todas estas páginas fueron creadas por “señores barbudos”. Cierto o no, al apuntar directamente hacia los “fascistas islamistas”, Shevechenko pasa por alto un hecho incuestionable: los desnudos-protesta de activistas árabes como Sboui o Elmahdi no sólo han desencadenado la ira de los “imanes-trabucaire” de la caverna coránica. Existe también un sector importante de musulmanas que no ve con buenos ojos las provocaciones de Femen y que entiende que la lucha por los derechos de la mujer no resulta incompatible con el respeto por los preceptos del Islam.

    A este último grupo, pertenece un sector moderno de feministas islámicas que está cobrando empuje en torno a cierta idea: “El problema no está en el Islam, sino en la interpretación que los hombres hacen del mismo”. La cabeza más visible de esta tendencia es Musawah, un movimiento creado en Kuala Lumpur hace cinco años por mujeres procecedentes de diferentes países.

    Tal y como ha dejado escrito en alguna ocasión la musulmana hispano-francesa Natalia Andújar, el asunto es relevante porque si tal y como sostiene Femen, el machismo es inherente al Islam, “no hay salvación posible dentro del marco religioso”. En otras palabras, las chicas de Mushawar han abierto una puerta a la liberación de las musulmanas sin volver la espalda a Alá.

    Por otro lado, a juzgar por las encuestas y en contra de lo que se sostiene en Occidente, la mayoría de las musulmanas son partidarias de cubrirse la cabeza en sus países de origen (ver gráfico del recuadro inferior). A decir verdad, ni siquiera se cuestionan el carácter patriarcal de las sociedades a las que pertenecen. O si se lo cuestionan, no pueden hacer público su desacuerdo sin poner en riesgo su seguridad e integridad personal, dado que la mayor parte de los países musulmanes carecen de un marco de libertades comparable al de Occidente.

    En Irán, por ejemplo, exhibirse en público con el cabello descubierto se castiga con setenta latigazos y hasta sesenta días de prisión. Otros países musulmanes como Arabia Saudí establecen penas similares e incluso más duras. Y a pesar de ello, son ya 654.000 las simpatizantes de la página de Facebook Stealthy Freedom. Esta web se creó a mediados de este año para brindar un escaparate a las mujeres musulmanas que quisieran mostrarse en público con el cabello descubierto.



    "Las encuestadas saudíes, kuwaitíes y uzbecas no tienen la percepción de estar siendo subyugadas por sociedades machistas".
    ¿De qué modo se llegó a semejante conclusión? Tal y como explica a Diásporas una de las responsables del IPS, Madelyn Swift, la encuesta de Gallup se realizó preguntando a las mujeres si creían o no que eran tratadas con respeto y dignidad. “Es decir, lo que en realidad mide esa encuesta era la percepción que las propias mujeres tienen acerca de la posición que ocupan en sus sociedades”, precisa Swift.

    Para llegar a determinar la verdadera situación de las féminas fue preciso considerar otras variables como los años de escolarización en educación primaria, la mortalidad materna o la paridad de género en la educación secundaria. Tan pronto como se incorporaron esos criterios objetivos a la postal del IPS, esa visión idílica se desmoronó.

    Lo verdaderamente significativo de esos resultados es que, a todos los efectos, las encuestadas uzbecas, saudíes, kuwaitíes y de Emiratos Árabes Unidos no tienen la percepción de estar siendo subyugadas por sociedades patriarcales y machistas. Algo semejante ocurre con el hiyab y todas sus variantes. Mientras en Occidente se presenta su uso como un símbolo de la opresión que los estados islámicos ejercen sobre la mujer, las encuestas indican que la mayoría de las musulmanas prefieren utilizarlo en sus países de origen (ver el gráfico superior).

    Salta a la vista que también el gráfico plantea una objeción muy obvia. ¿Hasta qué punto las musulmanas pueden expresarse libremente en sus países?; ¿hasta qué punto no son esas mujeres víctimas de una educación patriarcal y machista?; ¿hasta qué punto pueden elegir?




    © Ferran Barber| ALIEN KARMA | Diario Público
  • La imaginería nazi ha pasado a formar parte de la oferta más “mainstream” de la moda del Extremo Oriente. Hitler y su cohorte de asesinos son el principal "leit motiv" de un negocio lucrativo. A los jóvenes asiáticos les parece "supercool" vestirse como el Führer.



    Una empresa asiática promociona sus aperitivos con una imagen del Führer. 

    Texto por Ferran Barber| ALIEN KARMA Diario Público.
    Novios malayos y chinos ataviados como Goebbels durante el día de la boda; jovencitos tailandeses celebrando con el saludo hitleriano el triunfo de la selección alemana de fútbol; espaguetis taiwaneses promocionados con el nombre de “larga vida a Hitler” y camisetas japonesas con explícitos mensajes de apoyo a los carniceros alemanes. “Él estaba en lo cierto”, puede leerse bajo una foto del genocida germano impresa sobre una sudadera que se vendía sin complejos en una conocida tienda de Osaka. Lo inquietante del asunto es que este fetichismo no es una tendencia subterránea o un culto “superexclusivo” de algún grupúsculo de cabezas rapadas orientales.

    A los jóvenes asiáticos les parece tremendamente “guais” el llamado “hitler-chic” y a ciertas compañías de moda les conmueven más los beneficios que los escrúpulos históricos. El asesino de asesinos tiene más pegada entre los pijos de la India y el Extremo Oriente que Elvis o el Ché Guevara. Cadenas comerciales, empresas textiles, editoriales y distribuidoras
    están produciendo y vendiendo a escala industrial productos inspirados por los nazis.

    La macabra trivialización del holocausto conecta esencialmente con tres cuestiones: la falta de conciencia de un sector de la industria, la ignorancia de los jóvenes y la distinta percepción que tienen los asiáticos sobre el legado nazi. En 2007, la cadena española Zara fue obligada a retirar miles de bolsos del mercado porque entre sus bordados se incluía una esvástica. Según explicó Inditex, los bolsos habían sido fabricados en Asia y la inclusión del símbolo tabú se debía a un problema cultural. ¿Qué clase de malentendido podía animar a una empresa de esa envergadura a incluir en un producto el símbolo por antonomasia de la perversión humana? En realidad, «esvástica» proviene del idioma sánscrito y en un sentido literal, significa "auspicioso". Para los hindúes, jainitas y budistas, simboliza la (buena) fortuna.

    En tal caso, ¿es el llamado “nazi chic” asiático la consecuencia de una cadena de malentendidos? En absoluto. Tan cierto es que la cruz gamada evoca en los asiáticos sentimientos diferentes a los de los occidentales, como que las modas inspiradas por los nazis son los suficientemente explícitas como para no dejar lugar a ambigüedades. La compañía de Hong Kong Izzue lanzó hace once años una colección entera con la simbología de los genocidas, que distribuyó por todos sus comercios. Carecía por completo de una intencionalidad política y se limitaba a incorporar los fetiches del nazismo amparándose en una presunción inapelable: “El estilo nazi tiene gancho, luego nos dará dinero”. La decisión fue escandalosa, pero la moda se extendió y muchas otras compañías comenzaron a producir prendas semejantes. En un reportaje sobre el fenómeno incipiente publicado en 2000, la revista Time recogía un testimonio esclarecedor. “No los odio. No me gustan. Pero al menos vestían bien”, aseguraba un estudiante coreano de inglés al que Time entrevistó en un pub de Seul llamado Quinto Reich.


    El pasado mes de julio, una foto de Instagram realizada por varios jovencitos de Bangkok se paseó triunfal por las redes del planeta. La instantánea mostraba a un puñado de adolescentes con bigotitos hitlerianos sonriendo a la cámara mientras alzaban el brazo al estilo nazi. “Enhorabuena a la selección alemana de fútbol”, escribieron en el pie de foto. Salvando el tiempo y la distancia, era más de lo mismo: pijitos ignorantes e incapaces de entrever el horror que evoca el recuerdo de los nazis. 


    La fascinación que este asesino provoca en los asiáticos tiene que ver también con una revisión de su figura, de acuerdo a la cual destacan sus conquistas militares por encima de sus crímenes. Además, en la India o Japón, se percibe a los alemanes como los enemigos de sus enemigos. A falta de una memoria consistente y de una educación apropiada sobre la historia reciente del planeta, se pone más el acento en la vertiente de conquistadores de los nazis que en su condición de despiadados, cobardes y asesinos. En semejante contexto, no es de extrañar que muchos revistan a Hitler de las cualidades de los héroes clásicos o que lo comparen con Alejandro Magno.

    Desde hace varios años, el “Mein Kampf” de Hitler viene repitiendo por sistema como una de las obras más vendidas en la India. Varias películas de Bollywood recrean las gestas del dictador en respuesta a las demandas del mercado. Por alguna razón, a los indios les fascina el patriotismo del austriaco y su sentido de la disciplina. A diferencia de los jóvenes, no es la elegancia lo que prima aquí, sino la asociación errónea de unos valores humanos más o menos aceptables con el legado nazi.

    Eso no significa que muchos pijos de la India no se pierdan por la estética fascista. En algunos comercios del país es posible adquirir incluso la versión hitleriana de Ronald McDonald o los Teletubbies, combinaciones y objetos imposibles en todos los formatos, pero siempre desprovistos de prejuicios y de un mínimo respeto por la memoria de las víctimas.

    Definitivamente, el nazismo se ha vuelto “pop” (y kitsch) en Asia y ha sido utilizado por la industria para obtener pingües beneficios. Desde Malasia a Hong Kong, de Tailandia a Japón, es posible ver su influjo incluso en el nombre de las ensaladas. Eso no significa en ningún caso que el nazismo, como ideología, se haya extendido en la misma proporción. Tan cierto es que los grupúsculos neonazis están cobrando fuerza en ciertos países asiáticos, como que este fenómeno es esencialmente una tendencia estética.

    Cuando se les pregunta, tanto los promotores del negocio como su clientela aducen desconocimiento: Hitler era un señor con bigotito chaplinesco que luchó contra los americanos. Por ignorante y ofensiva que resulte semejante revisión del Holocausto, está mucho más cerca de los verdaderos sucesos históricos que la del príncipe Harry de Inglaterra, protagonista, en 2005, de una de las idioteces más notorias de toda la historia de las monarquías europeas. “Elegí mal el disfraz”, dijo el también llamado “Harry el nazi” cuando se disculpaba ante la Prensa por asistir a una fiesta ataviado con la esvástica.

    Por otro lado, el nazi-chic ni siquiera es una invención de los asiáticos. Las primeras manifestaciones de esta moda se produjeron en Londres durante los setenta de la mano del movimiento punk. A diferencia de los neonazis, los punk no simpatizaban con la ideología de los carniceros alemanes. Se servían de la imaginería y la parafernalia hitleriana con el único fin de provocar.

    "Quiero aclarar que no soy nazi. El nombre surgió durante una reunión con el diseñador. Buscábamos algo impactante y pensamos en Hitler".
    La nota aclaratoria, grotesca y surrealista, no es un 'fake' (falsificación). Fue redactada hace catorce años por el propietario del establecimiento surcoreano a instancias de un cliente anglosajón horrorizado por lo visto. El señor Hong se había gastado el equivalente a 38.000 euros de la época en decorar su negocio con runas odales, “totenkopfs” y águilas del partido nacional-socialista sin tener la más remota idea del carácter ofensivo de sus 'memorabilia'. El nombre, Hitler, lucía en un neón de gran tamaño al lado de una esvástica y una imagen del Führer con el brazo alzado. Pretendía impactar y lo logró. Ningún occidental que transitase por la zona podía evitar mirar hacia el edificio del 7/11 sin sentir una mezcla de estupor y repulsión. La cascada de quejas fue antológica.

    El señor Hong parecía sinceramente consternado por la “metedura de pata” y se comprometió a cambiar el nombre y a reemplazar la parafernalia nazi de su bar por algo menos ofensivo. “Por supuesto que sabía que Hitler fue un mal chico que hizo cosas feas, claro que en mi opinión, no fue muy diferente de Alejandro Magno o Gengis Khan. Todos ellos fueron conquistadores que mataron a gente, pero también 'grandes hombres' si atendemos a la notoriedad que alcanzaron tras su muerte”, explicó en su momento para justificar la elección. En otras palabras, lo que Hitler evocaba en la mente del propietario del bar homónimo eran gestas heroicas y fortaleza de carácter. La poderosa sombra que proyectaba el genocida le bastaba al señor Hong para echar tierra sobre sus víctimas.


    Finalmente, el coreano colgó un cartel en la fachada para pedir disculpas. De no haber sido por la transcendencia de aquel acto, lo ocurrido hubiera provocado hilaridad. “Optamos por decorar nuestro bar con motivos hitlerianos porque buscábamos algo impactante. Esto no significa en ningún caso que apoyemos el nazismo”, podía leerse en la disculpa.

    Algunos meses después, Hong reemplazó el nombre original por el de Ddolf Ditler. Estaba arrepentido, pero no lo suficiente para sustraerse al impulso de aprovechar diez letras. También mantuvo el “parteiadler” (águila nazi) del cartel y reemplazó la foto del tirano por un panzer. Más tarde, el negocio pasó a llamarse Caesar, una asociación mental perversa, si se piensa. Hoy de aquello ya no queda nada y el negocio es un karaoke.


    © ALIEN KARMA. Reportaje por Ferran Barber | Todos los derechos reservados.
  • Alrededor de 898.000 ciudadanos del Reino Unido viven en los países de los llamados “PIGS” o “cerdos”: Italia, Grecia y la Península Ibérica. En contra de lo que sugerían hace varios meses algunos medios de comunicación, la cifra de residentes británicos en España se ha incrementado ligeramente desde 2007 hasta pasar tras diversas fluctuaciones de 761.000 a 770.000 personas. Según los informes “de conducta británica en el extranjero” elaborados por las oficinas de extranjería de los consulados, España sigue siendo uno de los destinos favoritos de los migrantes del Reino Unido, después de Estados Unidos y Australia. 








    Migrantes británicos, durante una jam sesion en el interior de un club de Sant Pere de Ribes (Barcelona). Fotografía por FERRAN BARBER (todos los derechos reservados).


    Texto por Ferran Barber| ALIEN KARMA Diario Público.
    El número total de británicos en España difiere considerablemente en función de la fuente. Con arreglo al Instituto Nacional de Estadística, serían el tercero o el cuarto grupo más numeroso en la Península. Por el contrario, un informe de 2014 de la oficina de extranjería británica los convierte en la segunda comunidad de extranjeros en España, tan sólo superada por los rumanos y prácticamente a la par con los magrebíes.

    Pese a lo que suele sostenerse, el grueso de los británicos no son viejecitos jubilados a cargo de los sistemas de protección social de Londres. En el mejor de los casos, estos representan solamente alrededor de un 20 por ciento de los residentes en nuestro país. La parte del león del “exilio” británico está constituida por adultos en edad laboral. La escritora Kate O’Reilly ha estudiado a este grupo desde 1990 y hasta el comienzo de la crisis financiera y se refiere a ellos como una comunidad innovadora, a la que puede encontrarse al frente de negocios turísticos, limpiando piscinas, paseando perros, regentando inmobiliarias, enseñando su idioma o cuidando de jardines.

    La mayoría de los migrantes del Reino Unido suelen mencionar tanto el benigno clima español como su distendida cultura social para justificar la decisión de trasladarse a la Península, pero los estudios insinúan que abandonaron su país debido a las duras condiciones económicas y personales a las que tenían que hacer frente en Gran Bretaña, uno de los países con mayores desigualdades sociales de la UE junto a los propios "PIIGS" y a los estados bálticos. A todos los efectos y más allá de los clichés y de la propia percepción que ellos tienen sobre sus experiencias, dejaron el Reino Unido en pos de una vida mejor.

    Sobre este asunto relevante viene llamando la atención cierto sector progresista de la Prensa inglesa, en vistas de la pujanza que el discurso antimigración está cobrando en su país gracias a partidos como UKIP. Durante las últimas elecciones europeas, los demócrata-liberales fueron prácticamente aniquilados y laboristas y conservadores a duras penas alcanzaron el 25 por ciento de los votos, frente al 28 de los euroescépticos. UKIP logró captar las simpatías de su electorado haciendo uso de un discurso esencialmente sostenido sobre el nacionalismo populista, la abierta oposición a Europa, una indisimulada xenofobia y el odio a los migrantes.

    En general, buena parte de las escaramuzas públicas que libran los partidos británicos gira en torno a la llegada de trabajadores extranjeros y a la supuesta influencia que ésta tiene en el mercado nacional de empleo y en la maltrecha economía del país. Tanto el Partido Conservador como UKIP (Partido para la Independencia del Reino Unido), coinciden en culpar al "extranjero pobre" de sus males domésticos y animan a los electores a entregarles sus votos con promesas explícitas de cerrar las puertas del país a los foráneos. En el caso de UKIP; el tema de la inmigración no sólo ocupa un lugar preminente: lo llena todo. Toda la artillería electoral diseñada por esta formación euroracista durante las últimas elecciones giraba en torno a las supuestas amenazas de la inmigración. Con arreglo a su perversa percepción de la realidad británica, los trabajadores de la Europa del Este son un puñado de saqueadores de su sistema de protección social y sus empleos.

    Lo que no suelen mencionar ni los conservadores ni los demagogos populistas es que la libertad europea de movimiento es un camino de ida y vuelta del que pocos países se han beneficiado más que Gran Bretaña. Al fin y al cabo, el número de trabajadores intracomunitarios en el Reino Unido (alrededor de 2.300.000) es sólo ligeramente superior al de británicos en la Unión Europea (1.800.000). Los grandes proveedores de opinión han pasado sistemáticamente por alto sobre el hecho de que su país es uno de los grandes exportadores de migrantes del mundo.

    Uno de los mayores corredores migratorios del planeta discurre claramente desde Inglaterra a España, detalle que parte de la prensa conservadora británica acostumbra a maquillar disfrazando a sus “exiliados” de pensionistas o expatriados y evitando cuidadosamente cualquier mención a su condición real: la de trabajadores sin o con escasos recursos que abandonan su país para mejorar su situación por cualesquiera razones. El tan traído clima es sólo una de ellas, y no la más importante. Salvando las distancias, son perfectamente comparables a los búlgaros o los rumanos de los que tanto abominan los euroescépticos y sin embargo, la mayoría de ellos no se ven como migrantes y prefieren autodesignarse con el eufemismo de "expatriados".

    “El número de británicos en España se acerca ya al millón”, escribía en The Guardian Ritwik Deo a mediados de 2012. “Positivamente sé que odian que se les llame migrantes porque, a su juicio, ellos sí contribuyen a la economía local y crean puestos de trabajo. ‘¿Dónde estarían los 'manueles' y los 'josés' sin nuestro dinero?’, piensan muchos. Y lo que es yo, no les culpo. Es una clara disonancia cognitiva originada por siglos de dominación sobre amplios territorios de todo el mundo. En Inglaterra, como en Francia, el término 'immigré' tiene connotaciones negativas, y apunta casi siempre a clandestino y magrebí. Por el contrario, 'expatriado' confiere un sello de superioridad que se reserva para los que pueden acreditar el pasaporte correcto”.

    ¿Cómo hacen compatible los ultranacionalistas británicos de UKIP su deseo de sacar a su país de la Unión Europea con la necesidad de preservar los derechos que poseen sus compatriotas en países como España? El propio Farage lo aclaró en mayo del pasado año durante una entrevista efectuada por un locutor de Talk Radio Europe, emisora de radio inglesa con base en España. A los jubilados británicos les preocupaba la suerte que podrían correr en la Península si Gran Bretaña se autoexcluía de la Unión. Y el líder de UKIP no tuvo problema alguno en asegurar que “no puede compararse a los británicos que viven en España con los polacos que viven en el Reino Unido”, dado que los primeros contribuyen significativamente a la economía española y, por lo tanto, no sería difícil suscribir un acuerdo bilateral con Madrid que les garantizara los mismos derechos que en la actualidad. De las palabras de Farage se infería que la llegada de "expatriados" del Reino Unido a cualquier país de Europa debería ser saludada como una bendición.

    Nunca la comunidad británica ha despertado suspicacias significativas en la sociedad española ni ha provocado reacciones negativas reseñables, a pesar de sus problemas de integración y a su tendencia a concentrarse en guetos: un 60 por ciento de ellos no hablan bien el castellano y un tercio jamás mantiene el más mínimo contacto con los nativos. Curiosamente, la falta de integración en Gran Bretaña de comunidades de extranjeros como la paquistaní o la magrebí es uno de los argumentos más usados por las formaciones xenófobas para satanizar a los migrantes pobres.

    "Para esta lamentable publicación británica, los cerdos ya no son sólo los estados 'parias' del sur de Europa, sino sus habitantes".
    Lejos de arredrarse por las quejas razonables de los aludidos, el semanario londinense fue todavía más lejos en noviembre pasado y se sirvió del acrónimo para designar a los ciudadanos de Francia y el sur de Europa que habían emigrado a Gran Bretaña como consecuencia de la crisis. En otras palabras, los “cerdos” ya no eran los estados del Mediterráneo, sino sus habitantes. “Llegan en avalancha a Gran Bretaña, ergo vuelan”, se infería del artículo. Y por si a alguno le quedaba alguna duda sobre la intención del periodista, la información se ilustraba con una foto de tres niñas vestidas de sevillanas. Acababan de cruzar la línea que separa lo burdo de la agresión flagrante.

    A nadie le sorprendió el modo despectivo con el que The Economist se refería a los sureños. Al fin y al cabo, otros conocidos medios lo utilizan también con alegría. Paradigmático es el caso del Financial Times. Las quejas reiteradas de varios ministros del entorno geopolítico mediterráneo y las críticas de numerosos responsables de medios españoles de comunicación le arrancaron una tímida disculpa en 2010. A través de un breve artículo, el comentarista James Mackintosh aseguraba que la publicación había impuesto “una cuasi prohibición sobre el uso de este acrónimo”, al tiempo que proponía reemplazarlo por “estúpido”. Con o sin disculpas, el Financial Times sigue utilizando la designación.

    Por otro lado, lo sorprendente del artículo aparecido el pasado 16 de noviembre en The Economist no fue esa ya familiar carga peyorativa, sino las docenas de comentarios críticos que desencadenó entre los propios británicos. Exactamente igual que a los “cerdos voladores” aludidos, les sorprendía las maneras arrogantes de la revista y se preguntaban qué consecuencias podía haber tenido esa visión del mundo en la gestión de la crisis global. Al fin y al cabo, muchos de los conceptos que manejan los economistas y los inversores se sostienen sobre percepciones subjetivas de la realidad. Esto es más obvio todavía cuando se habla de “confianza” de los mercados o de los inversores.



    Claro que la información aparecida en noviembre no hablaba de Estados ni de números, sino de seres humanos. Lo que en realidad se discutía en ella eran las razones por las que la opinión pública (y la Prensa) británica trata de un modo más benevolente a los migrantes procedentes de España, Italia, Francia o Grecia, que a los de la Europa del Este. “Los italianos, los griegos y los españoles están proporcionando al Reino Unido licenciados universitarios, ingenieros y médicos. Añaden valor y diversidad a una común cultura occidental, en lugar de drenar los servicios sanitarios”, dejó escrito uno de los lectores en la sección de comentarios. “Es más fácil ver un médico italiano o griego que un paciente italiano o griego”, concluía.

    El discurso que se leía entre las líneas de los comentarios estaba per sé contaminado de una visión del mundo incompatible con la realidad: la de la derecha anglosajona y la de los ultranacionalismos de nuevo cuño. En ese nuevo tablero internacional de juego que reflejaba el reportaje, españoles, portugueses, griegos e italianos ejercían de "buen negro", el tío Tom simpático cuya espalda todo el mundo palmotea.


    © ALIEN KARMA. Reportaje y fotografía por Ferran Barber | Todos los derechos reservados.
  • El gobierno de Arabia Saudí está deportando sistemática y masivamente a los millares de somalíes que llegan hasta su país huyendo de la violencia. Antes de ser devueltos, los africanos son confinados en verdaderos campos de concentración, sin comida ni asistencia sanitaria y en unas condiciones deplorables. Las quejas son acalladas con brutales palizas.




    Reportaje por FERRAN BARBER / ALIEN KARMA / DIARIO PÚBLICO.
    Se trata de uno de esos asuntos que apenas logra colarse de rondón entre los titulares más discretos de la Prensa internacional, pese a la insistencia con que la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el ACNUR vienen denunciando desde 2012 la objetiva magnitud de esta tragedia humana. De una parte, los somalíes salen huyendo por millares de las hambrunas y la violencia y de otra, son sistemáticamente deportados de los dos países hacia los que se dirigen de forma preferente: Kenia y Arabia Saudí. En lo que va de año, 33.600 somalíes han sido obligados a regresar a su país desde el reino petrolero y 272 más, desde la vecina Kenia.

    Las minuciosas descripciones que los deportados hacen de los centros saudíes de confinamiento evocan la existencia de auténticos campos de concentración. Pueden pasar semanas, a menudo incluso meses, recluidos en oscuros barracones, sin ver la luz del día, y a temperaturas asfixiantes. Tan sólo una de estas “cárceles” posee camas, de modo que los africanos duermen sobre el suelo. “La comida, cuando la hay, es basura”, recuerda un somalí al que la policía encerró sesenta días. “Y al que se queja, lo golpean brutalmente”.

    El Alto Comisionado para los Refugiados de Naciones Unidas ha documentado la existencia de un centro de confinamiento con dos baños donde el gobierno hacina a mil doscientos somalíes. A menudo, carecen de asistencia sanitaria, de manera que es común que se produzcan casos de neumonía o epidemias de polio y otras enfermedades inequívocamente asociadas a las situaciones de extrema pobreza. Las denuncias realizadas por una organización para la defensa de los Derechos Humanos mencionaban el caso de una mujer embarazada de nueve meses al que una policía golpeó con un bastón mientras aguardaba en la cola del aeropuerto de Yedá para ser repatriada a Mogadiscio. Dio a luz a su bebé en la cabina del avión, mientras volaba hasta Somalia.

    De acuerdo a los datos proporcionados esta semana por la OIM, el número total de personas expulsadas por la fuerza creció en mayo un 40 por ciento respecto al mes precedente. Mil novecientos trece somalíes fueron devueltos al infierno del que proceden en lo que va de mayo.

    Muchos de los africanos expulsados por los saudíes proceden del norte y el centro de Somalia, dos zonas del país donde se mantiene todavía vivo el conflicto civil y donde la guerrilla islamista de Al Shabaab continúa reclutando por la fuerza a los varones (niños y adultos). Tampoco en Mogadiscio la situación es mucho mejor. Alrededor de 370.000 personas sobreviven en condiciones misérrimas dentro de los campos de desplazados de la capital del país. Los ataques de Al Shabaab en Mogadiscio tienen a menudo por objetivo a la población civil, cuyas víctimas y heridos siguen contándose por docenas.

    Sin opción a pedir asilo
    La ley internacional prohíbe las deportaciones forzadas de personas cuya vida o libertad podría estar amenazada en su país de origen. Las convenciones también protegen a los seres humanos que tuvieran que hacer frente a tratos degradantes o torturas, en su lugar de procedencia, de manera que el ACNUR ha hecho un llamamiento a toda la comunidad internacional para que no devuelva a un solo ciudadano somalí sin darle previa opción a solicitar el estatuto de refugiado o de acreditar, si llega el caso, que podría estar en una de esas situaciones que le permitirían solicitar la protección internacional. En Arabia Saudí, sin embargo, los somalíes son desposeídos de cualquier derecho y ello incluye, por supuesto, la posibilidad de solicitar asilo.

    Por otro lado, los saudíes ni siquiera han ratificado la convención de refugiados de 1951. Es decir, carecen de un protocolo o un sistema para que los desplazados pidan que se les conceda el estatuto de refugiado. Ni la Unión Europa, ni Estados Unidos y el resto de los socios comerciales de los saudíes han presionado nunca a la monarquía petrolera para que cumpla sus obligaciones internacionales.

    Estas deportaciones masivas forman parte de una campaña sistemática y masiva diseñada por los saudíes para expulsar a todos los trabajadores en situación irregular. Se puso en marcha en abril del pasado año y se interrumpió poco después. En noviembre, se reactivó de nuevo hasta adquirir las características de una verdadera caza al hombre. Durante 2013, se expulsaron a 12.000 personas, y algunos miles más, en 2012. La mayor parte de los deportados proceden de Somalia, Bangladesh, Etiopía, India, Filipinas, Nepal, Paquistán y Yemen.

    © ALIEN KARMA. Reportaje por Ferran Barber | Fotografía por ACNUR. 

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